Santuario — 25 Enero 2014

Muchos amamos Saint Seiya, y si tenemos la oportunidar de participar en sesiones de rol puro y duro aún mucho más. Y esa es la oportunidad que el foro de “El Santuario” esta dando a todos los amantes de SS que se encuentren leyendo esto. Para eso se ha creado una historia para que puedan participar todos los personajes posibles de casi cualquier saga. Todo lo que quieras saber al respecto puedes encontrarlo en este link Saint Seiya y los Tuatha dé Dannan. Las inscripciones para participar estarán abiertas hasta el dia 1 de Febrero, así que date prisa si quieres jugar. Y para que no os quedeis con un sabor amargo en la boca os añado la introducción de la historia.

“Fueron muchos los dioses que dominaron las tierras del mundo, y las mentes, y corazones humanos. Fueron muchos los que pusieron a los mortales bajo su total dominio otorgándoles sus deseos, o castigándoles por sus desobediencias. Romanos, Griegos, Mayas, Egipcios, grandes civilizaciones con grandes dioses que los dirigían desde las sombras.

Pero entre todas esas civilizaciones que un día alcanzaron la cima de la importancia histórica y divina, que poco después se fueron perdiendo en el olvido, como muchas otras, había una que marcó la diferencia y la lucha entre la supremacía divina. “Los celtas”. Reinado lleno de seguidores conocidos mayormente como “Druidas”, hombres y mujeres capaces de dominar los poderes de la naturaleza gracias a los sabios conocimientos que los dioses les otorgaron.

Entre esos dioses estaba Dagda, un hombre de aspecto mayor, ataviado con una pesada armadura. Guerrero justo y noble por naturaleza, señor de los elementos y el conocimiento. En su mano derecha portaba el mazo “Asclepio” un arma tan buena como oscura. Uno de sus dos lados era capaz de otorgar la vida a los objetos o seres que golpeaba, mientras el otro erradicaba cualquier atisbo a todo lo que rozaba. En su mano derecha llevaba consigo un caldero del cual nunca se le agotaba el contenido, fuese cual fuese.

Durante su antiguo reinado fue conocido por un hombre justo, amable, que pecaba de inocente. entregó a los mortales todos sus conocimientos como druida que también era. Los días fueron propicios, propios de la época, pero llegó un momento que los romanos y griegos dominaron sus tierras relegándoles a un segundo plano, llegándose a olvidar.

Al contrario que otros dioses hubieran hecho, se dedicó a observar, a esperar el momento para resurgir. Pero se alargó, parecía no llegar nunca. Fue perdiendo la fé en la humanidad que una vez ayudo a hacer crecer, hasta que sucumbió al extremo poder que poseía. El mazo que tanto le ofrecía fue dominándole, convirtiéndole en un dios sediento de sed de venganza con la única intención de retomar lo que consideraba suyo por derecho, la supremacía divina ante los mortales.

Su llegaba no está predestinada, ni tan siquiera planeada, solamente decidió aparecer en este mismo momento. La luna brilla en lo alto del firmamento con su coro de estrellas que cada noche le acompaña, momento en que el cielo se cubre de espesas y oscuras nubes. El viento sopla con furia sacudiendo con terrible fuerza los árboles, haciendo que las hojas y ramas más débiles caigan al suelo dejándose llevar por las rudas manos del viento.

De entre los árboles comienzan a surgir figuras cubiertas bajo túnicas blancas. Sus identidades se ocultan bajo las sombras de las capuchas, se detienen formando un círculo perfecto donde los rayos caían una y otra vez como si marcasen un lugar al que acudir. El suelo se va abriendo con cada choque, dejando ver entre sus escombros un tenue brillo. Enterrado bajo tierra se encuentra un hombre de avanzada edad que duerme con placidez desnudo, sus cabellos largos y plateados comienzan a bailar al son del viento. Los rayos caen sobre su cuerpo rodeándole imbuyéndole de nueva vida. Poco a poco abre los ojos, su visión aún no se adapta  y todo queda mezclado entre las sombras. 

Con calma y delicadeza aquellos hombres y mujeres toman al viejo, tras taparlo con una túnica, y se lo llevan con suma prisa. Sonrien con fervor, y se alegran por su aparición. Aún las nubes del sueño se encuentran en su mente y le impiden reaccionar con normalidad. 

Todo esto se torna una oscura y tétrica pesadilla que hace despertar a los dioses en plena noche. Un extraño sentimiento recorre sus corazones, y un profundo escalofrió sus médulas espinales erizando cada palmo de su piel. Miran al cielo temiéndose los peligros que ahora están acechando toda forma de vida existente, mortal y divina.

En el Santuario de Atenea, Saori Kido, llamaba e informa a sus más confiados caballeros. Recorren las tierras cercanas y lejanas buscando información hasta que al final  sus sospechas fueron confirmadas, han vuelto, aquellos guerreros que en la antigüedad tanto problemas causaron. “Dagda y los Druidas” habían vuelto. Con gran rapidez envía mensajeros a los confines del mundo buscando a quienes deben saber de esta nueva.

En lo más alto del Monte Olimpo se encuentra la diosa, sola, sin compañía alguna que pueda socorrerla si encuentra en algún enfrentamiento indeseado. Pues nadie tiene acceso al hogar de los dioses más que ellos mismos. Uno a uno otros dioses van apareciendo, Hades, Ares, Apolo, Artemisa, Abel, Eris entre otros. La tensión se puede sentir en el ambiente, tanto que podría cortarse con una espada. Pero el peligro que se acerca les obliga a firmar un tratado de paz temporal.

Al principio se explica cuanto sucede pero nadie parece creer las palabras de la joven Atenea. Algunos mascullan por lo bajo y la miran con sumo desprecio. La tratan como una locura más afectada por las enfermedades de los “mortales”.  Sin embargo, por muchos esfuerzos que hacen por contradecir sus palabras acaba mostrándose la verdad.

Un gran estruendo se oye en las cercanías. La puerta, inquebrantable puerta que guarda la entrada del Olimpo es destrozada de un solo golpe. No se ve quien pudo haber hecho algo así, una nube de humo impide ver algo más allá que una mera silueta. Es un hombre corpulento y en su mano lleva alguna arma. Se puede oír su risa, ninguno de ellos la ha olvidado, es Dagda, al que apodaban antes el Sabio. Se puede notar por su cosmos que ha perdido esa amabilidad que le caracterizaba, pues ahora de su cuerpo sólo emana uno oscuro lleno de rabia y destrucción. La humareda se va disipando dejándole ver por completo, lleva consigo un extraño ropaje y en su mano derecha lleva un prominente mazo. Sus palabras son claras y directas, exige su vuelta al poder, a la cima divina, ser quien domine sobre la humanidad sin nadie que intervenga en sus decisiones.

Atenea se opone rotundamente, y aunque no espera ayuda de nadie, el resto de dioses se opone también. Aunque la joven sabe muy bien que cada uno le apoya sólo por sus propios beneficios,  si quiere salvar a la humanidad van a necesitar de su ayuda. Dagda sonríe como si supiese de antemano que esa iba a ser la respuesta que esperase. Sin pensárselo dos veces, tras jugar con el mazo entre sus dedos, lo sacude y golpea el suelo con sus manos. Por mucho esfuerzo que hicieron los dioses no pudieron con el poder del arma del viejo. El olimpo queda reducido a meros escombros sobre una gigantesca montaña y los dioses han quedado marcados por su propia aparición y su cosmos. No pueden valerse de sus poderes divinos, han sido despojados de la gran mayoría de ellos cuando el viejo tocó una melodía con un arpa de roble llamada Uaithne. En este momento queda claro que no piensa acobardarse ante nadie y hará cuanto haga falta por recobrar aquello que perdió tanto tiempo atrás. Ahora cada dios deberá unir fuerzas con el otro si quiere seguir vivo por más tiempo.”

Ven y diviertete haciendo lo que más te gusta, ¡ROLEAR!

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